Una Joya De La Familia

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Cerca de las 11 de la mañana, Rodrigo Palacio pisó suelo italiano. Cientos de tifosis del Genoa lo estaban esperando en el aeropuerto Cristóforo Colombo y le prepararon una bienvenida para que se sienta como en casa. Como en Casa Amarilla. Porque muchos de los hinchas tenían camisetas y banderas de Boca. “Estoy acá para traerles los saludos de sus primos de Boca, donde viven familias de inmigrantes de Génova”, dijo la Joya, dejando entrever que esta al tanto de la relación entre ambos clubes. El apodo Xeneizes que reciben los hinchas de Boca, se debe a que poco después del nacimiento del club, muchos genoveses vivían en La Boca. La palabra Xeneize (o Zeneize) quiere decir genovés. Allí nace la relación entre la cultura de la Ribera con la de los inmigrantes italianos, que persiste hasta hoy, con la demostración de los hinchas del Genoa en el recibimiento a Palacio, ídolo de Boca. “Estoy feliz por la posibilidad de venir a jugar en un club como el Genoa, es una gran oportunidad para mi carrera y llega en el momento adecuado”, declaró Rodrigo, en su llegada a Europa. Será su primera experiencia en el viejo continente. El lunes se haría los exámenes médicos y después Enrico Preziosi, presidente del club, lo presentaría oficialmente. “El Genoa es un equipo ambicioso, que quiere seguir en los altos niveles como la temporada pasada”, expresó Palacio. Y cerró con un “Forza Genoa”. Ya lo aman.

Un Paso Que Dejara Huella

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Llegó como una promesa, tras brillar en Banfield. Tímido, antimarketinero y cero mediático, algo que no cambió en cuatro años y medio de estadía en Boca. Suplente de su ídolo Guillermo, pronto empezó a llamar la atención no por su trencita sino por su rendimiento en la cancha. La llegada de Basile lo catapultó a la titularidad: les ganó el puesto a dos peso pesados como el Melli y el Chelo Delgado. Con el Coco la rompió y lo compararon con Caniggia. Hasta sus compañeros le decían el Hijo del Viento y el Pájaro… “No le llego ni a los tobillos”, se quejaba él, a esa altura, ya bautizado como La Joya. Imparable, mostró un fútbol de tan alto vuelo que se ganó un lugar en el Mundial 2006 como el único jugador de campo del fútbol argentino. Lo vinieron a buscar de todos lados y él, por un motivo u otro, siempre se negó. Fue sumando goles y títulos: pegó 82 gritos (decían que no sabía definir) para quedar entre los 10 máximos goleadores de la historia de Boca y dio ocho vueltas olímpicas (clave en varias finales). Una pubialgia frenó su marcha. Cuando insinuaba volver a su mejor versión, llegó el Genoa. Su venta generará revuelo por la cifra, pero no sería justo que quede involucrado en esa polémica. Se va, estando en su plenitud, el delantero más desequilibrante de nuestro fútbol en los últimos cinco años. Se lo va a extrañar.